miércoles, 4 de abril de 2012

NO CAMBIES EL CAMPO POR LA CIUDAD.


Por: Alfonso Botero Guzmán

En muchos países un número creciente de gente ha estado migrando a las ciudades, bien sea de otras poblaciones más pequeñas o desde las áreas rurales, con las consecuencias que experimentan y sufren los habitantes de estas ciudades. Hay innumerables razones y motivos por lo que esta migración no sólo se mantiene, sino que crece anualmente. Aunque en la mayoría de las ciudades del mundo, este fenómeno de la migración masiva y continua, se debe a las oportunidades laborales, educativas, de entretenimiento y de desarrollo personal, en Colombia, este resultado obedece más al desplazamiento forzoso que tiene su origen principal en el conflicto generado por los grupos irregulares, pero también por un desplazamiento que llamaré forzoso no voluntario, cuya consecuencia es la misma. Es decir, obliga a nuestros campesinos a emprender una travesía llena de  incertidumbre que les obliga a aventurarse en las zonas periféricas de las ciudades capitales, que implica tener una vida menos cómoda que la que tenían en su terruño.

Los procesos de aglomeración de personas hacia las áreas urbanas, generan paralelamente una serie de efectos negativos, pues la concentración de mayores cantidades de población en reducidas áreas, es causa de un drástico declive en la calidad de vida de la población. De tal forma que podemos afirmar que las ciudades se han convertido en un indicador del progreso de la humanidad en el siglo XXI, con respecto a si la población tiende a crecer o a decrecer. Esta ola de crecimiento, viene acompañada de improvisación en la planificación, que alteran una serie de efectos sociales, como son la educación, la salud, el trabajo y por supuesto la degradación del medio ambiente por manejos inadecuados de aguas residuales, basuras, contaminación del aire, mayor concentración de ruidos, etc. El riesgo que generan estos conglomerados humanos perpetúa el ciclo de la degradación ambiental y contribuye a una mayor vulnerabilidad económica y ambiental, ambos para familias de ingresos bajos y la totalidad del área urbana.

Aunque el desplazamiento forzoso no voluntario es propiciado por la falta de apoyo y el abandono centenario del gobierno nacional hacia la ruralidad, invito a todos nuestros campesinos, para que antes te tomar una decisión de esta naturaleza, analicen bien la situación y entiendan que en la parcela donde actualmente viven con su familia, pueden respirar un aire puro y limpio, allí se convive diariamente en sana armonía con la naturaleza, y aunque puede ser que existan dificultades económicas, siempre se superan con la ayuda de Dios. No pierda de vista que al irse a buscar mejores opciones de progreso en cualquier ciudad, tendrá que enfrentar no solamente la soledad, la indiferencia, la angustia, el hambre y la humillación, sino también que va a cambiar el respirar fresco al que está acostumbrado en la finca, por cantidades de humo toxico proveniente del tráfico urbano; cambiará el olor al aire limpio, por el olor nauseabundo de las basuras callejeras, dejaras de escuchar el trinar de los pajaritos mañaneros, para oír ensordecedores y estridentes ruidos de los pitos y motores de los carros. Podría enumerar decenas de cosas buenas que sacrificarás y dejarás de tener, quizás por la ilusión de conseguir un peso más, que allá en la ciudad no le va a alcanzar para nada, pues sus gastos de manutención se le cuadruplicarán con toda seguridad.

Así que amigo y vecino de la ruralidad, si algunos somos ricos en cuanto a nuestra calidad de vida, esos somos usted y yo, que tenemos el privilegio de vivir aquí. No cambie esa dicha por nada, no se justifica por nada, ni siquiera por plata.